MBG

«Y en ese mismo instante, nuestras almas se separaron y nuestros cuerpos se convirtieron en presa del cruel destino de la muerte.»
-W. Shakespeare.

Existen tantos placeres como orígenes de los mismos. Algunos adictivos, otros, culposos; se vuelve a ellos como quien vuelve a casa o como a una escena del crimen. Y que más propicio que este último ejemplo, para exorcizar este placer que me aqueja, que se a vuelto culposo, que se ha trasmutado como esa sombra de ropas desperdigadas en un rincón, que luego de acostumbrados los ojos a la oscuridad, la que se desacostumbra a la realidad es la mente, y ese montón de ropas parece ahora saludar, acechar, observar implacable a quien le observa desde una desprevenida cama. Una presa vulnerable.

He sabido disfrutar de este placer desde la primera vez que aprendí a «arrancarme mi propia piel» y vestirme con la de otros, con otras formas, costumbres, vivencias.
El teatro me permitía quitarme de mí, embadurnarme de ropas y maquillajes, sentimientos ajenos que por unas horas tomaba como propios ¡Y cómo sabía sufrirlos, saborearlos! grabándoseme en la piel cada trozo de quien sea que debía ser.
Luego, esta piel prestada, era nuevamente colgada en perchas en estrechos vestidores atestados de disfraces o era apretujada dentro de un baúl en quien sabe donde, y yo debía de volver a vestirme de mí mismo una vez más. Al mundo o a la nada.
El placer de aquel diálogo universal y estrepitoso, al final de cada obra, de esas palmas entrechocándose en un coro escandaloso llenando todo el lugar. Los aplausos. Los aplausos eran mi premio, mi adicción, mi placer. Ahora, mi placer culposo.
Y es que ya no puedo escucharlos como antes, disfrutarlos, dejarlos entrar.
Aquella noche vendí mi alma sin siquiera firmar. Seguí al rebaño a un cadalso sin fondo. Creo que hasta el último momento, no creí que sucediera, pero luego ¿Cómo puedo hacer las paces con el paroxismo, con esa excitación colectiva, con el hecho de saber de que sucedería, que estaba sucediendo y no solo no lo impedí si no que no podía evitar asomarme y ver más allá, ver hasta el final, lo que ocurriría? ¿Cómo puedo desembarazarme del recuerdo de dejarme llevar por la vorágine grupal, de querer llegar hasta el final?
Esa embriaguez, esa ceguera. Y cuando todo terminó, el sordo y penetrante sonido del silencio, de lo irremediable, de lo que no puede deshacerse ya ¿Y dónde estaba yo? ¿YO, realmente? ¿Por qué no protesté, por qué no lo impedí? ¿Por qué…?

Noche tras noche, el bullicio de los aplausos colman el recinto que una vez batalló para llenarse.
Donde antes las butacas esperaban polvorientas, ahora no bastan para recibir a los presentes, algunos, hasta enfadados, dando rebuznes puertas afuera.
Se venden boletos por montones. Se montan escenografías día y noche y nuestras temporadas se alargan cada vez más.
Obras contemporáneas, clásicas y novatas esperando ser estrenadas. Así me trascurren los días por la carne y las ropas. Así me paso las noches, escuchando mis pies sobre las tablas de madera, empolvando mi rostro, enjuagándomelo luego, desvistiéndome en segundos, malabareando papeles y memorizando líneas segundos antes de salir al encuentro de un bosque de ojos atentos.
Y entre todo este caleidoscopio de formas, colores y aromas, Él esta allí, dentro de la columna siete, debajo del palco lateral izquierdo.
Y a veces, mis ojos se desvían hacia aquel punto, y me siento temblar las rodillas, y me siento la boca del estómago como digiriéndose a sí misma, se nubla mi vista unos instantes, se me seca la lengua y la boca entera y me veo allí mismo, frente a los leones expectantes por la línea siguiente; Y si triunfo, aplaudirán ¿Y si fracaso? ¿Y si no es César si no Nerón con su pulgar abajo?
Me chistan tras los cortinajes. Recobro el rumbo. Soy otro de nuevo. Termino mi acto. Salgo por el lateral. Me monto otra piel. Y otra, y otra…
Pero él sigue allí…y temo por una de estas noches, el reconocerle la sombra entre los presentes. Que me señale frente a todos aunque nadie pueda verle. Que me grite «¡Malcolm!» ya que el desdichado no sabía mi nombre…

Sucedió la temporada pasada, la peor de todas…

El teatro «Thespian» cuenta con casi cuarenta y cinco años, no es muy antiguo. Ha pasado por varias manos, muchas de ellas, usureras, que poco a poco, le desmantelaron.
Su ubicación en la ciudad no es la mejor, su entrada no invita a mucho y su propaganda si no escasa, fue nula.
Heredó los pisos del escenario de «El Gran Coloso», las butacas y boletería de «Máscaras» y los vestuarios de múltiples almas dedicadas que desfilaron por doquier, dejando sus pequeños granos de arena en forma de pelucas, maquillajes, zapatos, enaguas, capas, collares y otros tantos.

Cerró sus puertas por dos años, no siendo capaz de vender, literalmente, ni un boleto.
Se regalaron plazas a transeúntes, con la esperanza de que las butacas fueran ocupadas, aunque fuera, de forma gratuita, y se desplegaron las obras más monumentales y populares, intentando así atraer espectadores, y ni siquiera de ese modo, entró un alma por aquellas altas y angostas puertas de vidrio con cortinajes negros.
Así es que el «Thespian» estaba destinado a desaparecer y hasta la alcaldía le había puesto el ojo para derribarlo y convertirlo en un paseo de compras.
No contaba con historia, atractivo o popularidad alguna, así es que era presa fácil del progresismo y el capitalismo moderno.

Antes que la rápida mano burocrática le arañase las tablas, un gran caudal de dinero proveniente de un circo alemán, «Zirkus Gótika», salvó al Thespian de ser barrido irremediablemente.
Este grupo se infiltró, primero, de forma diplomática en la alcaldía, con la correspondiente papelería, el dinero suficientes y luego, de forma física, abriendo las puertas del teatro, quitando trastes a la calle, lijando, pintando y refaccionando arriba y abajo.
En unas tres semanas, la fachada había cambiado, se mostraba morbosamente provocativa y la marquesina había sido reemplazada por el imponente título de «Thespian Harlequins»; se supuso luego, que en honor a gran parte de aquel reparto circense que consistía en un buen puñado de arlequines lúgubres en blanco y negro y trapecistas con aspecto de ultratumba, luego de estos, el surtido general era casi como cualquier otro circo.

Thespian Harlequins abrió sus puertas ahora bajo el mando de un actor independiente, presuntamente del círculo íntimo de la cabeza del Zirkus Gótica, Járenzs, un tipo escuálido, calvo, con la nariz como la de un gancho interminable y esquelético. Solo le vi una vez, y nunca podré estar seguro de si sus ojeras eran o no maquillaje.
De todas formas, la nueva cabecilla del Thespian H, era este joven robusto, pedante, algo tosco y muy perseverante.
Era un gran fanático, si no, lunático, de Shakespeare y, es por esto, que al menos, tres veces a la semana, se montaban obras del dramaturgo, por encargo explícito de este hombre, quien también participaba en ellas.

El grupo del Zirkus Gótica parecía haber aparecido en el camino del Thespian tan sólo para refaccionarle, darle nueva vida y dejarle un módico colchón de dinero para que pudiera seguir siendo funcional por una temporada más, hasta que, con esperanza, el público comenzase a llegar. Luego se marcharon así como llegaron y
Álvaro, este nuevo regente, no tardó en empapelar la ciudad buscando nuevos talentos que quisieran unirse al elenco del Thespian, el cual, ahora, aunque poco, podía pagar a sus actores.
Jóvenes de todos los puntos de la ciudad, incluida mi persona, con y sin experiencia teatral, pasamos por aquellos cortinajes negros de la entrada y sufrimos toda clase de audiciones demenciales y desgastantes, siendo, sólo los mejores o más histriónicos, los elegidos por el índice y los alaridos guturales de excitación de Álvaro.

El esquema de obras a ejecutar cambiaba todas las semanas.
Shakespeare jamás faltaba, a veces, incluso, atracaba la grilla, volviéndose tedioso de soportar.
Hasta aquel entonces, incluso en los escenarios más improvisados y amateurs, jamás me había sucedido la increíble mala fortuna de actuar frente a un público de no más de cinco personas. A veces diez.
Una vez contamos trece y Álvaro, siempre supersticioso y exagerado, se fué al público, vestido como estaba aquella noche de La Muerte, con capa y artilugios, directo a una butaca central, casi al frente, para ser el número catorce, mientras «Bodas de Sangre» aún no pasaba de la primer parte y librar así, de cualquier malentendido o provocación esotéricos a la suerte de la obra.
No obstante, la realidad del Thespian, ahora Thespian Harlequins, con aquel nuevo aire barroco cadavérico y lúgubre, con la suerte de una red protectora de dinero que le salvaba del abismo, con un ardiente defensor y promulgador del teatro a la cabeza (y a sus entrañas y en las butacas y a las puertas y tras bambalinas, si cuadraba) no podía soslayar la mala pasada de seguir sin poder albergar más público que algún curioso ocasional. De seguir en este rumbo, y con la estirpe del Zirkus Gótica haciendo temporada en otro continente, lejos de las necesidades y agonías del Thespian, éste se vería obligado a bajar (y desalojar) su telón para siempre.

A ritmo lento pero seguro, los habitués que conformábamos el elenco, comenzamos a hacernos caras conocidas.
Intercambiábamos ropajes, técnicas, comida y nos asistíamos los unos a los otros, soportando, de tanto en vez, la altanería y exigencias de Álvaro.
Un buen día, mientras montábamos un paisaje pintado en una lona de peso incalculable al fondo del escenario para la obra de la tarde, la voz de Álvaro, histérica y excitada, tomaba audición a un jovencito que se había hecho presente.
Por las palmadas y voces de Álvaro que podían oírse desde las butacas, entre los que intentábamos colgar el paisaje, dedujimos, entre gestos cómplices y cejas levantadas, que aquel jovencito escualiducho de piel olivácea, sería nuestro nuevo miembro.

-No creo que una cosilla así nos pueda ser útil con algo como esto -protestó, lacónico, uno de mis compañeros, luchando por sostener una esquina del paisaje.

-Nos vendría bien una mano extra con los polvos y pelucas -dijo otro, a lo alto, entre sogas y andamios.

Mi cronograma, rara vez coincidió con este jovencito, puesto que él nunca supo mi nombre, sin embargo, le oí presentarse más de una vez: «Xavier», y en varias ocasiones nos estrechamos las manos, ya inmersos en nuestros personajes, los que rotaban constantemente, así es que para él yo fui «Renfield», «Pepe el Romano», «Simón de Canterville», y, final y definitivamente, «Malcolm».

Humildemente, digo, que nada podía reprocharse a nuestras dotes actorales, las obras eran ejecutadas con la máxima pasión y profesionalismos…para un módico grupo de, con suerte, una docena de presentes.
Álvaro bufaba y daba puntapiés a cada esquina del teatro. Condenaba los ritmos de vida actuales y llamaba incultos a quienes caminaran por la acera de enfrente sin siquiera levantar los ojos hacia el Thespian.
Tarde tras tarde y noche tras noche, las obras se sucedían impecables y, aunque modesto el público, aplaudían vivamente.
Así es que, una tarde, en mi camino hacia el teatro, noté las calles previas a éste, propiamente empapeladas de propaganda para la siguiente obra, obvia maniobra de Álvaro.
Un escalofrío me acarició a lo largo de la espina.
Aprontando la marcha, me escurrí por la puerta lateral para artistas y, luego de haber soltado mi bolso al suelo, mis ojos se clavaron en la cartelera para actores. «MACBETH» se leía en enormes letras y en las celdas del resto de la semana. No interpretaríamos otra.
Los guiones se hallaban apilados en la única mesa al final de los vestidores y, a diestra y siniestra, compañeros con el ceño fruncido, con sus guiones en mano, se hallaban a lo largo del pasillo, incrédulos, pero listos para la acción.
Un libraco de papeles con mi nombre, me esperaba en la torre de guiones dispuestos, era el tercero de arriba hacia abajo y, junto a mi nombre, en un lápiz muy apretado, se leía «MALCOLM». El segundo guion, de arriba a abajo, era el de Xavier, y junto a su nombre, estaba escrito «BANQUO».

Los primeros días de aquella semana que condenaré hasta mi muerte, fueron tan tediosos como interminables.
Estrenamos un Lunes con un porte de nueve invitados. Para el Miércoles, eran solo dos. El Viernes actuamos para un público fantasma. La nada misma.
El Sábado, Álvaro se había retirado antes del cuarto acto, dejándonos solos, sin público una vez más, y sin saber exactamente qué hacer, mas que terminar la obra y aplaudirnos a nosotros mismos, lo cual, esa noche, no sucedió, pues los humores estaban ya por el suelo y casi ninguno quería presentarse al día siguiente.
Al finalizar la obra, por detrás de Las Tres Brujas, quienes se habían dado el permiso de compartir un cigarrillo entre todas, el telonero de siempre se hizo presente entre el patio de butacas, trepando a la embocadura, aplaudiendo acompasado, con desgano y con una leve provocación.

-No sé ustedes, pero yo estoy harto de esta porquería -dijo por fín.

-¿Y qué, entonces, te irás a casa y te volverás abogado? -se burló alguien, desde las luces, desencadenando unas mudas risillas.

-No, no del teatro, del teatro, en sí. Hablo de la suerte del Thespian.

-Es la misma de siempre y tal parece que así se queda- me encaramé a decir.

El telonero volteó su rostro muy despacio hacia mi con un brillo en los ojos que se me hizo inhumano.

-No tiene por qué ser así -dijo, muy despacio, frotándose las manos, paseando esos ojos demoníacos por todos quienes estaban ahora sobre el escenario -Nunca más -añadió.

-¿Y qué propones, genio? -se oyó la voz sobre las luces.

El telonero palmeó sus manos, cruzándolas a la espalda.
De a poco, escépticos y curiosos, nos apiñamos torno a él, esperando una respuesta lógica.

-Pues, el método «Hitobashira» -dijo, barriendo la mirada sobre nosotros.

-¿Qué…qué es eso?- preguntó Xavier, removiéndose curioso, ataviado aún en sus ropas de Baquo, siendo que por esta semana, «había sido asesinado» ya seis veces.
Ahora pienso en esta ironía lastimosa.
El telonero tomó un banquito que asomaba desde el foso y lo puso tras de sí, sentándose parcialmente.

-Díganme…¿Qué tanto saben de Máscaras? ¿Hmmm…? -preguntó, mirando a un lateral del escenario -¿Y del Gran Coloso? preguntó ahora al resto de los presentes y a quienes se repartían en las sombras en los andamios del techo.

-Pues, que heredamos algunas de sus piezas cuando fueron refaccionados -respondió una de Las Brujas a espaldas del telonero.

-Corrección. Cuando se deshicieron de sus partes de trastos viejos e invirtieron en mejores y más modernos suelos y butacas porque no les cabe el público entre sus cuatro paredes -respondió el telonero a la bruja sobre su hombro izquierdo, cruzándose de brazos.

Se volvió hacia nosotros, cruzando los pies. La postura era extraña y muy inclinada hacia atrás, yo esperaba que el banco cediera y se cayera con su arrogancia y posaderas dentro del foso.

-¿Y vosotros, a qué creéis que se debe tremenda suerte? ¿A sus actores? Son peores que nosotros ¡Y a qué legua! ¿A sus precios? Son los más caros de la ciudad, nosotros hasta hemos actuado gratis.

-Yo no insultaría el talento de colegas de esa forma -reprochó otra de las brujas.

-¡A mi me valen tres mierdas los colegas! -rugió el telonero a la bruja sobre su hombro derecho -¡Lo que quiero es que el Thespian les haga polvo las narices!

-No lo quieres más que nosotros- refuté.

-Pues entonces… -canturreó el telonero levantándome una ceja, con ese brillo diabólico -Den un paso al frente quienes estén dispuestos a hacer lo que sea para que el Thespian sea el gran monstruo que esta destinado a ser.

Algunos de nosotros lo dimos. Otros aún aguardaban la esperanza de que se compartiera el plan en cuestión.

-¿Recuerdan cuando el Caballero Negro le pide a Ricardo Jordán que señale cualquier parte en el mundo para que alguien sea víctima de un infortunio del que, en teoría, él jamás debería de responsabilizarse? Así de serio es esto. Los actos tienen consecuencias ¿Daríais un paso al frente, a por todas, con todo lo que implique? -provocó el telonero apuntándonos con un dedo.

Oí removerse los andamios y ver a las sombras detrás de las luces, bajar por los laterales, quedando ahora al descubierto en el escenario.

-¿Qué propones? -dijo la voz de las luces, que ahora se hallaba a unos metros de mi.

No había podido reconocerle en todo este tiempo, se trataba de Santiago, un joven bastante carismático, que esta noche, parecía más marcial y gélido que nunca.

-¿Daríais el paso? -musitó el telonero, mirándole fijamente.

Santiago no dio un paso, si no siete, muy largos, con sus largas piernas, hasta quedar muy cerca del rostro del telonero.

-¿Qué…propones? -dijo entre dientes.

El telonero sonrió solo con una comisura y bajo la cabeza unos instantes, luego volvió a mirarnos.

-¿Y vosotros…?

La atmósfera se cortaba hasta con las manos y, aunque cansados y hartos, varios dimos un paso al frente, incluidas Las Brujas, a espaldas del instigador.

-Muy bien -dijo, palmeándose los muslos con las manos -La suerte de lugares como El Gran Coloso, Máscaras y otros…son sus ofrendas.

El silencio era tan palpable como las ropas que nos colgaban.

-Verán…las ofrendas, no son más que guardianes. Fantasmas.

Se oyó un gorgojo de burla.

-Los que no son más que mitos -dijo Santiago.

-¿Ah, si? -desafió el telonero.

-¿Es esa tu gran idea, tu gran propuesta? ¡¿FANTASMAS?! -confrontó Santiago.

-Ofrendas -corrigió el telonero con un índice al aire -Verán…si habéis, realmente, trabajado en otros teatros, sabréis de seguro o les han compartido, que tal o cual lugar esta embrujado ¿No es así? ¿Acaso miento?

Santiago comenzaba a abandonar el círculo caminando hacia un lateral, dispuesto a marcharse.

-El método Hitobashira, Santiago… -le repuso el telonero, haciendo que el joven interrumpa la marcha, quedando de espaldas a él -Es una antigua cábala teatral, que se ha usado en distintas edificaciones, que se usa, de hecho, hace siglos, en distintas partes del mundo.

Santiago se dio media vuelta, muy despacio, mirándole harto y dispuesto a irse a los puños.

-¿Y en qué consiste? -preguntó Xavier, tembloroso, al otro lado del círculo.
El telonero le miró como quien se relame ante una presa y la disfruta mucho antes de ponerle una garra encima.

-En ofrendar al lugar con un alma viva -dijo por fin.

-Explícate -demandé hastiado, confundido, pero comenzando a comprender, para mi desgracia.

-Los teatros tienen por regla general el de generárselos de forma natural, no me esta claro por qué. Alguien cae al foso, alguien se infarta en plena obra o tras bambalinas… alguien cae de un andamio, rompiéndose el cuello… -dijo el telonero, esto último, con aquellos ojos clavados en Santiago, quien le observaba desafiante.

-Alguien sale disparado al techo por el peso del telón por una soga cortada y desparece…-agregó Santiago, defendiéndose de la provocación, causando unas mudas risillas a lo largo del escenario.

-En efecto- continuó el telonero sin inmutarse -Los teatros albergan muchas tragedias, más allá de las ejecutadas por vosotros, pero cuando no las hay…deben de provocarse -agregó, paseándonos la mirada uno por uno.

-Entonces…¿Vas a por el telón y corto la soga, genio? -se burló Santiago, con voz desafiante.

-No es así como funciona. El método Hitobashira se rebautizó así para las ofrendas en edificaciones como casas y edificios. Se ofrenda a un trabajador de la obra, enterrándole vivo. Así, se asegura el éxito y prosperidad de la misma.

-¿Quieres que emparedemos a uno de nosotros? -pregunté, consternado.

-Es al azar -me respondió -Hasta las últimas consecuencias. No hay paso atrás ahora ¿eh?.

Todos enmudecimos a un grado casi imposible.
Tras Las Brujas, que ahora se hallaban abrazadas entre ellas, se escuchaban las pisadas de quien supo estar en las sombras todo ese tiempo al fondo del patio de butacas.
Era Álvaro, quien avanzaba despacio, con su rostro ancho y limpio de emociones.

-Tiene razón -dijo, mientras se nos acercaba, pasando por al lado a Las Brujas, echándole una mirada fulminante a una de ellas, luego de recoger una colilla de cigarro del suelo.

-Tienes toda la razón, Carlos -dijo Álvaro al telonero, mientras trepaba ahora a la embocadura, cerca de este.

-No creerás, en serio, Álvaro, en una sola palabra de este fantoche… -dijo El Rey Duncan, con la corona un poco ladeada.
A su lado, se hallaba parado Macduff.

-Sí, lo creo. Lo he visto suceder infinidad de veces.

-Bah, infinidad de veces ¿Cuántos años tienes, veinticinco? -se burló Macduff, quien en realidad se llamaba José.

-¡Que es cierto, joder! -rebuznó Álvaro.

Carlos había puesto una mano en su hombro, descruzando los pies, irguiéndose, paseando ese brillo horrible sobre todos nosotros.

-Bueno, venga ¿Quién esta realmente dispuesto a hacer algo por el Thespian?.

-No conseguirás que hagamos tan bruta locura, burro -le respondió Santiago, apretando apropiadamente los dientes.

-¿A qué le tienes miedo? Tú has dado siete pasos, deberíais de hacer los honores -dijo Carlos, quitando de uno de los bolsillos de su pantalón varias varillas de madera. Extendió el brazo hacia Santiago.

-Anda, Jordán, cógelas -le dijo, con una voz dulzona y horrible.

El joven técnico dio unos pasos adelante y cogió las varillas mirando a Carlos a los ojos en todo momento, con una rabia desmedida.
Las tenía desparramadas en la palma de su mano, se las quedó mirando unos segundos, pensando en Dios sabe qué.
De pronto, se volvió hacia Álvaro, extendiendo su palma hacia él ofreciendo las varillas.

-¿Jefe? -le instó, desafiante.

Álvaro cogió una.

-¿Alguien más? -dijo, volteándose hacia nosotros, paseándonos su palma como si de una metralla se tratase.
El Rey cogió una, seguido de este, Macduff, Xavier y los otros.
Habiendo llegado mi turno, dí unos pasos hacia Santiago y cogí una varilla mirándole a los ojos, este tomó otra mientras me sostenía la mirada y se la guardo en el bolsillo del pecho de su camisa azul.
Las Brujas estaban ahora sobre el escenario, una tras otra, cogieron sus varillas. Tras ellas, un tímido «gracias» como un suspiro, escapó de los labios de Xavier, quien ahora hacía lo propio.
Por último, Carlos, avanzando lentamente hasta quedar muy cerca del rostro de Santiago, tomó su varilla, mirándole a los ojos con aquel brillo enrevesado.

-Gracias- sonrió con una comisura, llevándose la varilla a los labios y alejándose del repartidor de desgracias.

-Lo siento, pero ¿Debemos hacer esto hoy? En lo personal, ya debería haber marchado hace al menos media hora -dijo El Rey.

-También yo, ya debo irme -titubeó una de Las Brujas.

-Aquí, lo mismo, lo siento -agregó Xavier, levantando una tímida mano.

-También yo -mentí.

-Vale, vale, vale. Mañana, al final de la obra, compararemos suertes y quien la tenga, será el afortunado…o mejor dicho, «El Fortunato» -rió Carlos- Y no os ocurra reemplazar las varillas porque las reconoceré -dijo, amenazándonos con un dedo.

-¿Y cómo es, entonces?¿Quien la tenga más larga o más corta? -preguntó Xavier, removiéndose nervioso.

Carlos se volteó a mirarle, malicioso.

-Ah, no os adelantéis a los detalles. Sabrán mañana -terminó, barriéndonos con la mirada.
Uno a uno fuimos desandando filas, bajando del escenario por los laterales o saltando al suelo; arriba habían quedado solos Álvaro y Carlos, en silencio, viéndonos marchar.
Eche una mirada atrás, Carlos me observaba cruzado de brazos.

-Nos vemos mañana -me canturreó.

Salí por el angosto pasillo a los vestidores, allí, Santiago se aprontaba a irse, con su bolso ya cruzado por sobre el pecho.

-¿Por qué aceptaste dar la repartija? -le pregunté incrédulo. Él me barrió con la mirada de pies a cabeza.

-No creí que alguien las cogiera -me respondió- ¿Por qué cogiste una varilla?

-No creí que alguien más lo hiciera.

-Pues se te habían adelantado un par ya ¿no? -me refutó, y salió disparado por el pasillo hasta la puerta lateral para artistas directo a la calle.
Tenia razón. Un estúpido impulso se había apoderado de mí, haciéndome saltar dentro de aquella locura. La curiosidad de saber en dónde desembocaría aquel río me hizo navegarlo cuesta abajo ¿Habría pasado lo mismo con los otros?

«Hasta las ultimas consecuencias. Ya no hay un paso atrás», casi que le escuche decir al telonero en mi cabeza.
Cogí mis pertenencias y me dispuse a marchar.

Durante toda la noche di vueltas al asunto y el si asistir al día siguiente. Me dormí sin haberlo notado, y sin haberlo querido, desperté de un sobresalto a la mañana siguiente al primer llamado del radio reloj.

Las puertas del Thespian se encontraban abiertas, como siempre que dábamos una obra, y los negros cortinajes descorridos, invitando al transeúnte a pasar. La cartelera, fuera, rezaba:

«MACBETH -ENTRADA GRATUITA- ÚLTIMA NOCHE».

Pasé por la puerta principal, atravesé la boletería, las butacas y me cole por un lateral hasta los vestuarios. Allí, me calce «mi piel de Malcolm» y repasé, aunque innecesario, algunas líneas de mi diálogo, más por tradición que por necesidad.
No reparé en el hueco escarbado en la columna siete hasta mucho después.
Hasta el inevitable después.
Los actos se sucedieron uno a uno, con Álvaro como único espectador.
Escuché a Xavier recitar una de sus líneas:
«Ay, mi buen señor: ¡nuestro tiempo nos llama!»
Y casi creí que todo estaba olvidado, que lo de ayer había sido un disparate y que continuaríamos resistiendo en el Thespian por un corto tiempo hasta que el telón nos sea bajado a todos y cada uno de nosotros, debiendo abandonar nuestro segundo hogar para siempre.
Terminada la obra, el acongojado aplauso de Álvaro repiqueteó en todos los rincones del lugar y, tan pronto como el telón se cerró por el centro, Carlos salió inmediatamente de su rincón, citándonos a todos.
Algunos debieron volver a los vestuarios por sus varillas. Yo había evitado tocar el lugar en mi disfraz donde la mía esperaba, mas la lleve conmigo en todo momento.
Álvaro cerró todas las puertas con cerrojos y corrió todo cortinaje que dejase a quien sea el poder espiar lo que ahora, adentro, aconteciera.

-Un poco exagerado ya ¿eh? -protestó Macduff , víctima de una evidente claustrofobia a Álvaro, quien ahora le pasaba por al lado, ignorándole, inmerso en sus labores.

-Acercaos -mandó Carlos, ondulando sus manos en el aire, como quien reúne marionetas imaginarias.

-Y recordad -agregó- Que no hay vuelta atrás. Pensad en el éxito, en las incalculables oportunidades más allá del Thespian. No es sólo por este teatro, es por todos nosotros, los estancados. Seremos más vastos de lo que jamás nos hayamos permitido o imaginado. El oro, muchachos, esta sobre nuestras cabezas, esperando caer sobre nosotros…

-El oro tiene un peso bastante pesado -le salió al paso Santiago, haciendo obvia alusión a un precio que pagar por todo esto que ahora se cocía.

-¡Y cuánto puedes comprar con el! -le respondió Carlos, de forma teatral -Cuántas carencias quedan sepultadas a sus pies. Que fácil se vuelve andar caminos desconocidos ¡Que livianos los bolsillos llenos! -dijo- ¿No estas de acuerdo, querido? -preguntó a Santiago, a sabiendas de su mal pasar y su vida tan marcada por la necesidad.
El joven bajo la cabeza, y creo que fue la última vez que le vi oponer algún tipo de resistencia.

-Muy bien, todos ¡Traed las varillas! Veámoslas -palmeó el telonero.

Uno a uno, decididos algunos, temblorosos otros, extendimos nuestras manos con las varillas entre los dedos. Carlos recorrió de cerca a cada uno, inspeccionándolas, tanto para comprobar que eran las mismas que se nos habían dado, como su tamaño.
Luego volvió a su lugar y guardó silencio unos instantes.

-Rey Duncan -llamó Carlos, haciendo que este temblara de pies a cabeza -Macduff, joven Siward -continuó llamando- Traed, por favor, si sois tan amables, aquellos materiales -dijo, señalando una carretilla con cemento fresco, ladrillos, herramientas, cinta aislante ancha y unas sogas.

Los tres tardaron unos segundos en responder al comando, haciéndolo al fin.
Mis rodillas, inquietas, no podían creer que todo se sucediera así sin más.

-Álvaro, por favor, las sogas -mandó nuevamente.

El temor al segundo siguiente y la sed de continuidad nos ataron a todos con una fuerza fantasmal, como en una lotería siniestra.
Nos mirábamos los unos a los otros, sospechantes, recelosos. Todos éramos enemigos hasta que se señalase al blanco definitivo.

-¿Xavier…? -mandó el telonero, alzando una ceja.

-S-si ¿En que os ayudo? -titubeó el joven.

-Felicidades…

Silencio absoluto.

-Tu varilla ha sido la mas corta -dictó el telonero.

-¿Q-que…que signifi…?

-Cogedle- mandó el telonero, y en cuestión de segundos, El Rey y Macduff se abalanzaron sobre el joven quien comenzó a chillar y revolverse como un pez escurridizo.

-¡Cogedle, que no escape!- gritó una de Las Brujas, señalándolo con un dedo.

El muchacho había logrado zafarse, quedando parte de su vestuario entre las garras de sus captores.
Antes que hubiera podido arrojarse por uno de los laterales, había sido reducido de un golpazo detrás de las rodillas con algo parecido a un palo, obligándolo a caer de bruces a un costado del escenario.
Si mis ojos habían descreído lo que hasta ahora bebían, mucho menos pudieron procesar el ver un trozo de andamio, de los de las luces, ser arrojado a un costado…por la mano del mismo Santiago, quien se hallaba de pie a centímetros de la ofrenda y con sus ojos lavados de cualquier expresión humana.
Xavier se revolvía de dolor e impotencia al no poder escapar. Sollozaba.
Leónidas, quien había interpretado a Macbeth durante toda la semana, junto con Donalbain, cogieron a Xavier por los dobladillos del pantalón, arrastrándole nuevamente al círculo de asesinos inexpertos.

-Por favor -mandó Carlos en gesto presuntamente apesadumbrado, con un ademán señalando la cinta aislante.
Una de las brujas se adelantó, cortó un trozo de cinta con los dientes y se lo pegó a Xavier a los labios con una bofetada, borrándole el rastro de lágrimas en ambos costados del rostro.
Álvaro le ataba los pies mientras era ayudado por los otros. Luego le ató las manos.
Yo seguía la procesión de cerca, sin participar activamente, con un calor como una locura que me colmaba el cuerpo, con una excitación parecida a la sexual, pero más macabra y, debajo de este monstruo que me dominaba, habitaba el vestigio de quien fuí hasta esa noche, petrificado de terror en lo más recóndito de mí, sin poder salir a la superficie para objetar o detener. Sin poder sincerarme a mí mismo, que a pesar de no querer ver, debía ver.

Entre unos cinco le hicieron caber a rastras y empujones dentro del agujero escarbado en la columna siete.
Xavier se revolvía con los ojos propiamente desencajados, rebuznando inteligible, con los rizos cayéndole, empapados de sudor por la frente, y las venas de todo su magro cuerpecito casi tan gruesas como las sogas que le ataban.
El emparedado había comenzado, cada uno de ellos había cogido un ladrillo, untándolo y colocándolo en disposición.
No sé en qué momento, observé a mi mano ir por un ladrillo y hacer lo propio, para luego alejarme.
Mi cuerpo era un títere, uno de los títeres arlequines diabólicos del Zirkus Gótica, pensé.
Para mi decepción, Santiago había sido quien más ladrillos había dispuesto, untándolos con rabia y colocándolos rápidamente, como quien quiere acabar pronto con la pesadilla para así poder despertar.

-Muy bien, Santiago -dijo Carlos con una voz mansa, espeluznante -Quien más trabaja, más cosecha.

El sollozo se hacía cada vez más inaudible por momentos, para luego despuntar en algún que otro chillido. Se estaba quedando sin aire tanto por la desesperación, como por la falta de espacio. Creo que le escuche orinarse.

-¡Eh, Fortunato! -llamó Carlos en la pared con dos nudillos -¿Batirás esos cascabeles para mi, hijo? -dijo, burlándose.

Álvaro le apartó, colocando el último ladrillo.
Impávidos, nos quedamos de pie, hasta que los quejidos cesaron y sólo se escuchaba un leve sollozo.

-¿Y ahora…? -pregunté.

-Ahora cerraremos el Thespian por una semana, para que se asiente bien el trabajo, como quien deja estacionar una buena comida de un día para otro para que resalten más los sabores -explicó el telonero, con voz pedante.
Se escucho un estruendo metálico. Macduff había soltado a un costado la cuchara de albañilería.

-Ya veréis vosotros, como nos henchimos en un par de meses ¡estaremos a reventar! -gritó el telonero, extasiado, con ambos brazos al aire.

Pero se equivocó.
Bastó menos de unas pocas semanas para que no cupiera un alfiler entre las butacas. Los boletos se nos iban de las manos.
Nos demandaban esta y otra obra.
Saltábamos de clásicos en tragedias y así sucesivamente.
Recuerdo que luego de haberse completado la semana de abstinencia, tardé en reincorporarme y volver al lugar donde, aún no podía creer, había abandonado toda mi humanidad y por voluntad propia.

Llegué un viernes por la noche, tarde, sin ensayo previo, escabulléndome por la puerta lateral, directo a los vestidores. Me calce la piel de aquella noche.
Me tocaba ser Fausto y Álvaro sería Mefistófeles.
Ah, que ironía, pensé.
Salí al escenario, en trance.
Era Fausto, totalmente. Luego de terminada la obra y acaecido el telón, me dió el corazón un vuelco en seco, al encenderse las luces al mismo tiempo que una ovación de pie, con el lugar colmado, con aquel rugido de palmas abarcándolo todo, me salía al encuentro por los ojos.
El Thespian estaba repleto.
Lo había estado días anteriores a que me incorporase, pero esta era la primera vez que lo atestiguaba.
Mis ojos se escurrieron hacia la columna siete y me sentí marear.
Álvaro me sujetaba fuertemente la mano y la otra, era apretada por la pequeña mano de Gretchen, quien había sido una de Las Brujas en aquella espantosa tarde. Entre ambos, tiraron de mí hacia abajo, forzándome a una reverencia junto al resto del elenco.

Semanas después, Santiago se había ahorcado de uno de los andamios, preso de la carga y la culpa.
Recuerdo haberle visto suspendido, rotando despacio, frente a la escenografía pintada de la Abadía de Whitby y sus ciento noventa y nueve escalones de piedra.
Algunos se horrorizaron, otros se aprontaron en bajarle. Yo corrí escandalizado a los vestuarios, a por refugio, quizás, no lo sé.
Frente al espejo por el que me miraba, altivo, y las bombillas polvorientas, Carlos se ajustaba el cuello de un disfraz de lo que parecía ser Van Helsing.

-¿Me queda? Fue idea de Álvaro.

-Santiago…

-Se ha ahorcado, si. Lo sé. Ahora sí que seremos bendecidos. Una ofrenda y otra natural ¡El Thespian saldrá volando! -canturreó, terminando por acomodar el corbatín.
Salí del vestuario tan revuelto que no sé como no vomite hasta el último de mis intestinos.
Esa noche interpretaron «Drácula» con el cadáver de Santiago en el foso, esperando para ser entregado a su familia al día siguiente, pues el show debía continuar.
Se me había ofrecido el protagónico, el vampiro.
Lo rechacé de inmediato, a sabiendas de la mala fortuna de interpretar aquel personaje.
Se lo terminó quedando Leónidas, y temí por él.
Me quede entre el público, observado la obra y como el vampiro moría a manos de José, Quincey.
Las luces vibraron de forma extraña en lo alto del escenario mientras la multitud se deshacía en aplausos y, allí mismo, en lo alto, me pareció divisar una sombra de piernas largas, con andar quejumbroso y la cabeza gacha.

MBG.

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